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ENCUENTRO CONTINENTAL AMERICANO DE EDUCACIÓN SALESIANA Cumbayá II HACIA UNA CULTURA DE LA SOLIDARIDAD7-12 mayo del 2001, Quito – Ecuador
Queridos educadores y educadoras, miembros de la Familia Salesiana y amigos y amigas de Don Bosco: Tengo la grata alegría de poder dirigirme a Uds. en esta apertura del Encuentro Continental Americano de Educación Salesiana Cumbayá II para darles el saludo de bienvenida, en mi calidad de Regional de la zona Interamérica, y un mensaje a manera de horizonte en el cual moverse. Ante todo, agradezco la participación de cada uno de Uds., de sus comunidades y obras educativas, y de sus inspectorías. Ecuador es geográficamente el centro de la tierra. Tiene este privilegio. Ecuador Salesiano es con frecuencia centro de reuniones de los SDBs y de la Familia Salesiana. Cumbayá es es hoy centro de irradiación de la Escuela Salesiana para todo el Continente. Por supuesto, esta centralidad geográfica de Ecuador encuentra su mejor complemento en la incomparable capacidad de acogida de su pueblo y de los Salesianos y Salesianas. Son espléndidos anfitriones y quiero agradecer a nombre de todos su acogida fraterna. Cumbayá es sinónimo de formación permanente, de renovación y proyección. Lo fue hace 7 años cuando se realizó el primer encuentro latinoamericano de la escuela salesiana, que liberó tanto dinamismo en las inspectorías y que ha desembocado ya en propuestas educativas de escuela salesiana, como la de Colombia. Vuelve a ser hoy igualmente sede del relanzamiento de la escuela salesiana, a nivel de todo el Continente al incluir a Canadá y Estados Unidos, buscando colaborar, con todo el peso de la presencia salesiana en América, en la creación de una cultura de la solidaridad. Las circunstancias históricas, sociales, políticas, económicas y culturales que estamos viviendo se caracterizan, de un lado, por los procesos de globalización en marcha, y, de otro, por la concentración de la riqueza en unos y el consiguiente empobrecimiento en otros, que son siempre las mayorías. Esto a nivel de naciones y de personas. El tema, pues, no podía ser más actual, providencial y profético si es que queremos ser una instancia de transformación social a través de la educación formal con las escuelas, institutos, tecnológicos y universidades dirigidos por la Familia Salesiana. Lo ambiguo de la globalización es su vinculación al neoliberalismo, que la hace aparecer como una nueva forma, más cínica y desenfrenada, de explotación y de exclusión. Esto explica la advertencia de Juan Pablo II: “La globalización no debe ser una nueva versión del colonialismo”. (El Deber, Santa Cruz de la Sierra, Sábado 28 de abril del 2001). De hecho, la globalización no es, en sí misma, ni buena ni mala, sino la forma en que es usada. Desde un punto de vista, es positiva, en cuanto favorece la intercomunicación de los pueblos. Pero resulta catastrófica, cuando queda al servicio de la economía y homogeneiza los estilos de vida y las culturas, borrando todo tipo de fronteras. Las protestas, cada vez más orgánicas, en las reuniones de la OCDE, o del Fondo Monterario Internacional, son una muestra del malestar creciente de la gente que ve cómo va quedando privada del acceso a los bienes, como sienten que les ha sido impuesto un modelo sin tener en él participación alguna. El resultado es que se está dando una perversión – en el sentido literal y moral de la palabra – pues, como aguda y certeramente denunciaba ya hace años Octavio Paz, se han cambiado los valores por precios. Se trata de una expresión sutil, pero la diferencia que señala es nefasta, porque está generando un nuevo modelo antropológico: el homo oeconomicus, que tiene como centro la economía en medio de un individualismo exacerbado, como motor la competencia desenfrenada por el tener y tener siempre más, a cualquier costo. Lógicamente esta nueva ‘anticultura’ – cultura es un término que por definición alude a lo bueno, y por esa razón no se la puede llamar ‘cultura de la globalización’ – está afectando severamente la educación, o mejor dicho, la escuela a quien estaría encomendada aquella. En efecto, a través de los Medios de Comunicación Social (Internet – TV) se procesan no sólo datos sino, sobre todo, se está promoviendo y produciendo un ‘modelo’ de hombre y mujer. Por supuesto no hay que caer en el maniqueísmo e intentar satanizar los MCS y canonizar la escuela. Lo único que quiero decir es que la escuela debe volver a sus matrices para ser realmente educadora y formadora de personas, que no puede orientarse a la trasmisión de conocimientos sino a la comunicación de valores. Todo lo cual implica una integración corresponsable de todos los estamentos del hecho educativo en torno a un proyecto común. Sólo así será posible hacer de la misma globalización un instrumento al servicio de la persona humana y de los pueblos. Sólo así se podrá generar el homo solidalis con ojos abiertos para ver la realidad de los pobres y desde su óptica, con mente lúcida para descubrir mecanismos inmorales de injusticia y para diseñar estructuras más humanas, con corazón generoso para compartir y fraguar la nueva sociedad, esa que persigue la globalización pero que tiene que ser ‘evangelizada’. La globalización será buena sólo “si se garantiza que la humanidad como todo se beneficiará, y que no quedará reducida a privilegio de una elite acaudalada, que controla la ciencia, la tecnología, la comunicación y los recursos en detrimento de la vasta mayoría de sus pueblos”, continúa diciendo Juan Pablo II. Todo esto implica el estudio de la globalización, su gobierno, incluyendo no sólo los aspectos económicos sino también los políticos, éticos y antropológicos, pues de nada sirve caer en una dicotomía estéril entre quienes piensan en la globalización como «la nueva frontera de la expansión económica» y quienes, por el contrario, la temen «como primera causa de efectos perversos» (marginación y empobrecimiento, a priori). Imagino que la educación desde la escuela salesiana para una cultura de la solidaridad obliga a actualizar y concretar lo que era uno de los aspectos del CG23, la educación a la dimensión social de la fe. Para los itinerarios que habrá que crear, pienso que pueden ser útil tener presente los principios rectores enunciados por el jesuita Johannes Schasching, de la «Katholiche Sozialakademie» de Viena. “En primer lugar, la globalización debe ser un instrumento para acrecentar el bienestar de la humanidad de acuerdo con los principios éticos. “En segundo, el libre mercado no garantiza automáticamente el bien común sino que necesita una regulación y unas leyes. “En tercer lugar, esta regulación no puede ser limitada sólo al ámbito nacional sino que tiene necesidad de acuerdos e instituciones internacionales. “A continuación, es importante que el control del mercado global esté garantizado no sólo por autoridades nacionales e internacionales sino también por parte de las fuerzas de la sociedad civil. “En quinto lugar, hay que prestar especial atención a los países en vías de desarrollo. En la práctica, las ventajas de la globalización no se pueden limitar a unas cuantas regiones del mundo privilegiadas --Estados Unidos, Unión Europea y Japón--, sino que deben ampliarse y llegar a aquellos estados que no están todavía preparados para entrar en un ámbito de competencia global. “En sexto y último lugar, la doctrina social de la Iglesia subraya que la suma de las medidas económicas y sociales debe basarse en un conjunto de valores éticos irrenunciables, el primero entre todos es el de la defensa de la dignidad humana.” (Zenit, 26 de Abril del 2001). Es evidente que la educación a la cultura de la solidaridad comporta el fortalecimiendo de una red de comunicación con todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Hay que buscar pues una globalización sin exclusión en el que todos/as tengan acceso a las fuentes de información, a la educación, a los recursos necesarios para la vida. Por la misma razón, educar para una cultura de la solidaridad es plantear todo un sistema de valores como la libertad, la verdad, la justicia, la integración del Continente, la caridad. Yo me pregunto si no se podría reformular el binomio “honestos ciudadanos y buenos cristianos” a que tiende la educación salesiana, según Don Bosco, “ciudadanos solidarios porque buenos cristianos”. Pascual Chávez Villanueva, SDBCumbayá, 7 de Abril del 2001
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